Una vida matemática

Alexandra Bellow
Chicago, U.S.A.

Septiembre de 2001


Versión pdf en http://www.rinconmatematico.com /biografias/alexandrabellow/alexandrabellow.pdf


 

Ésta es la primera vez que doy una charla en español, y si me equivoco les pido perdón. Casi nací en un tren. Fui un bebé prematuro, una sietemesina.

 

Mi madre, que estaba en las montañas (los Cárpatos) “tomando el aire” como decían en esos días, tuvo que ser llevada urgentemente en tren a Bucarest, a la clínica de maternidad. Perdí la primera oportunidad de mi vida por unas horas. De haber nacido en el tren habría tenido un pase gratis en todos los trenes de Europa para toda mi vida.

 

Mi padre estaba firmemente contra de la idea de tener hijos, y por una buena razón. Mi madre había tenido tuberculosis, y su caso había sido grave. En aquellos días antes de los antibióticos la tuberculosis era una enfermedad, sobre todo entre los jóvenes, que causaba estragos en la población estudiantil de Europa. Los médicos habían dicho enfáticamente a mi madre que no debía tener hijos, pero mi madre, que era una mujer decidida, tenía sus propias ideas.

 

En fin, cuando llegué tan inesperadamente mi padre, todavía enfadado con mi madre por quedarse embarazada (¡como si él no tuviera nada que ver con ello!), para mostrar su desagrado se puso a acariciar al gato negro y me ignoró completamente. Esto continuó durante varios meses. Un día llegó temprano del hospital donde trabajaba. Yo estaba en la cuna haciendo sonidos bobos de bebé, gu, gu. Mi padre se inclinó sobre la cuna y cambió completamente de opinión. De ahora en adelante te llamarás Gugu, dijo. Desafortunadamente el apodo se me quedó para el resto de mi vida.

 

Tuve unos padres cariñosos y dedicados, que me protegieron de la turbulencia del mundo exterior y me proporcionaron una niñez feliz y despreocupada. Mis padres eran los dos médicos; mi padre un cirujano del cerebro (de hecho fundó la primera clínica de neurocirugía en Rumania), mi madre una psiquiatra infantil. No éramos ricos, pero vivíamos confortablemente. En el típico estilo de clase media de aquellos días, teníamos un “personal de ayuda” consistente en cocinero, criada, vieja niñera (que mi madre había heredado de su padre), institutriz y chofer.

 

Mi madre también estaba fuertemente interesada en educación infantil, particularmente en la enseñanza de la Aritmética. Yo fui una conejilla de Indias voluntaria y entusiasta. No lo sabía en aquel momento, pero ya me había enamorado de las Matemáticas. A medida que crecía recuerdo que el nombre de Hypatia surgía a veces durante la conversación a la hora de la cena. Mi madre era una gran admiradora de Hypatia, esa extraordinaria mujer de la antigüedad que enseñó en la academia de Alejandría. Mi madre hablaba de ella frecuentemente y con reverencia. Lo que mi madre no me dijo (averigüé esto mucho después) es que Hypatia tuvo un final violento y brutal, probablemente porque era una mujer, porque era tan culta y admirada, y porque se atrevió a ser diferente.

 

A propósito de esto, la búsqueda de la belleza y la verdad en Matemáticas ha captado recientemente la imaginación del público en Estados Unidos. Ha habido al menos cuatro obras de teatro en Nueva York, en Broadway y otros lugares, que tratan sobre matemáticos y las matemáticas. Una de ellas (de Mac Wellman) fue “Hypatia”, dedicada a la vida y muerte de la mujer matemática y filósofa de Alejandría en el siglo V.

 

Mi madre siempre bromeaba conmigo cuando yo era niña diciendo que el amor por las matemáticas estaba en nuestros genes. Nunca ví a mi abuelo paterno (murió un año antes de que yo naciera), pero su imagen se vislumbraba grande en nuestra casa. Él había sido un ingeniero. En los primeros días del pasado siglo había sido destinado a Esmirnio, en Asia Menor, y fue encargado por el Pachá de Constantinopla para un proyecto de construcción de autopistas y puentes. También dio clases de matemática de secundaria.

 

Mi abuelo creía que tanto los niños como las niñas debían recibir la mejor educación posible. La riqueza, el estatus social, el poder político, pueden ir y venir, barridos por revueltas, guerras, revoluciones, etc. Pero una “mente bien equipada”, como él decía, es algo que nadie puede quitarte.

 

Sin embargo la pasión por las matemáticas en la parte de la familia de mi madre tenía que tomarse con sentido del humor, porque había Vida fuera de las matemáticas. He aquí una anécdota que viene al caso. Según se contaba en mi familia, mi abuelo materno suspendió una vez a un estudiante en su clase de matemáticas. El estudiante dejó la escuela y desapareció. Muchos años después mi abuelo recibió una carta y un paquete. El antiguo estudiante (ahora un hombre adulto) agradecía a mi abuelo por haberle suspendido; de otro modo habría acabado como un modesto dependiente en la tienda local.

 

En lugar de ello vagó por Asia Menor y finalmente se convirtió en un próspero negociante de alfombras orientales. El paquete contenía una alfombra oriental muy cara como gesto de gratitud. Aquella alfombra, la “alfombra del suspenso”, todavía existe como reliquia de familia.

 

Mi madre, siguiendo los pasos de su padre, quería ser ingeniero civil, pero en aquel tiempo, al final de la primera guerra mundial, a las mujeres no se les permitía ingresar en el Instituto Politécnico. Mi madre, junto con otras mujeres jóvenes, pidió al ministro de educación que abriera las puertas del Instituto Politécnico a las mujeres. Puesto que no recibió noticias del ministerio, en el otoño ingresó en la Escuela de Medicina (que había elegido en segundo lugar)

 

Pero hubo compensaciones. De no haber ingresado en la Escuela de Medicina no habría conocido a mi padre. Debo añadir que una de mis heroínas mientras crecía fue Mimi, la hermana menor de mi madre (a quien no llegué a conocer), que fue a la universidad a estudiar matemáticas, pero murió joven de tuberculosis. Según la leyenda familiar ella tenía un ritual para el estudio de las matemáticas; primero se ponía su collar de perlas y luego se sentaba a su mesa a estudiar.

 

Era mujer y era matemática: esas dos características no eran incompatibles. Las mujeres habían recorrido un largo camino desde las “feministas nihilistas” de 1860, que tenían que “cortarse el pelo y llevar vestidos negros porque querían que se las valorase como personas, no como muñecas decorativas con la cabeza vacía”.

 

Mi padre tampoco fue contrario a las matemáticas. Cuando quería relajarse se ponía a trabajar en una integral, a leer poesía o a hacer sus bordadospara mantener sus dedos ágiles para la cirugía.

Yo era una niña durante la segunda guerra mundial, y mis padres hicieron lo posible para protegerme, pero la escasez de alimentos, la sensación de peligro y la inestabilidad política eran muy reales incluso para mí.

El país pasó de un régimen pro fascista durante la guerra a uno comunista después de ella, de una dictadura de la derecha a una dictadura de la izquierda, de un conjunto de horrores a otro. Mis padres eran opuestos a la guerra y bien conocidos disidentes.

 

Eran personas idealistas que soñaban con un país en el que la malaria y la tuberculosis estarían erradicadas, donde los niños estarían adecuadamente alimentados, vestidos y escolarizados, donde la gente recibiría igualdad de oportunidades durante su vida. La doctrina comunista (o quizá Utopía sería un término mejor) prometía todo eso y más. Pero mis padres no se dieron cuenta de que entre la Teoría y la Práctica media un gran abismo.

 

Pagaron muy caro su ingenuidad. Tras la guerra el régimen comunista alcanzó el poder y permaneció en el poder durante 44 años. Mi padre fue ministro de salud durante el primer gobierno comunista. Murió al año siguiente, en 1946. Tras la muerte de mi padre mi madre fue nombrada en su lugar. Ella trabajó mucho para reparar los daños causados por la guerra, y para restaurar y mejorar la salud pública. Pero dos años más tarde mi madre cayó en desgracia. La campaña contra mi madre alcanzó su clímax a principios de los 50, en la cima del terror estalinista en Rumania.

 

Yo estaba en mis últimos días de enseñanza secundaria. Hubo rumores de que mi madre podría ser detenida, juzgada y ejecutada. Una de las acusaciones contra mi madre fue que tenía fuertes ligaduras con el oeste: se había atrevido a pedir ayuda a occidente. Occidente había enviado cargamentos de medicina y comida. Algunos amigos nos abandonaron, los más valientes entraban a escondidas tras el anochecer para una breve visita. Mi madre y yo nos convertimos en parias, intocables. Estoy contando todo esto porque tiene mucho que ver con mi orientación hacia las matemáticas.

 

¿Cómo era la vida realmente en aquellos días? En casa teníamos que compartir nuestro hermoso apartamento con otra familia con dos niños. En la escuela muchos de mis maestros tenían miedo de hablar conmigo; eso habría sido “políticamente incorrecto” y podría haber tenido graves consecuencias para ellos. Por supuesto hubo excepciones. Estaba la profesora de literatura, que se parecía a la diosa lunar Diana, que me hizo darme cuenta que las palabras pueden tener su propia magia: cuando leía poesía en clase todo el mundo quedaba embelesado.

 

Y estaba mi profesora de matemáticas, la fabulosa Marta Marini. Ella era la profesora más respetada de la escuela; era estricta, era justa, tenía altas exigencias y, ¡Dios mío!, Sabía 32 pruebas del teorema de Pitágoras. Un día, durante lo peor de la campaña contra mi madre, me invitó a la sala de profesores para darme bibliografía. Fue un gesto de gran valentía por el que quedé agradecida por el resto de mi vida. Su influencia fue importante: me di cuenta de que, entre todas las disciplinas, las matemáticas son quizá la más inmune a las presiones políticas. Eso hizo las matemáticas tremendamente atractivas, incluso más atractivas que antes.

 

“Un matemáticocitando a Littlewood, uno de los grandes matemáticos ingleses del pasado siglotiene que ser honesto en su trabajo, no debido a un sentido de superioridad moral, sino simplemente porque no puede salir adelante con falsificaciones. En las artesaquí se estaba refiriendo especialmente a los profesores de Oxfordla gente cree que hay una respuesta polémica para todo; nada es realmente verdad, y el objeto de la controversia es probar que tu oponente es un tonto. Nosotros (es decir, los matemáticos) escapamos a todo esto.”

 

Cuando decidí ingresar en la Universidad como estudiante de matemáticas todo el mundo, con la excepción de mi madre, pensó que era una completa locura y una especie de traición. Estaba volviendo mi espalda al mundo de la medicina, a la bien establecida conexión familiar, a la maravillosa biblioteca médica en casa, etc. Mi madrebendita seafue la única que entendió y estuvo de mi lado.  Como estudiante de matemáticas también tuve que hacer cursos de astronomía, mecánica y termodinámica. Durante un tiempo me sentí muy atraída por la astronomía. Incluso pensé en hacerme astrónoma: me encantaba mirar las estrellas y pensar en otras galaxias. Pero pronto me di cuenta de que ninguna de esas disciplinas podía competir con las matemáticas en claridad, precisión y elegancia.

 

Al menos no en la forma en que se enseñaban en esa época, a mitad de los cincuenta. La transición de las matemáticas de secundaria al análisis matemático se daba en el primer curso de la universidad. Yo no estaba preparada para la noción de límite y el lenguaje   - ,  realmente tuve que luchar durante el primer semestre, pero quedé fascinada por el poder y la belleza de todo ello. Aún lo estoy.

 

El profesor que me enseñó análisis matemático fue Cassius Ionescu Tulcea. Era un fuera de serie. Sus padres habían perdido su fortuna cuando el régimen comunista llegó al poder y vertió toda su energía y vigor en las matemáticas, lo cual pensé era admirable. Él me eligió. Yo fui ciertamente una buena estudiante, pero políticamente todavía era una especie de paria, aunque socialmente el nombre de mi padre todavía llevaba mucho prestigio. Me sentí halagada, por supuesto, y sí, me enamoré. Él tenía 11 años más que yo, pero la diferencia de edad parecía irrelevante. En cualquier caso, tres años más tarde nos casamos.

 

Un año después de casarnos mi marido recibió una invitación para participar en un programa especial de dos años sobre análisis funcional organizado en la universidad de Yale en Estados Unidos. Cuando la invitación llegó estábamos más que preparados para salir de Rumania. Yo acababa de recibir mi título de master. Me había saltado un año estudiando por mi cuenta con la ayuda de mi marido, hecho los exámenes necesarios y graduado con un año de anticipación. Conseguir un pasaporte para salir del país no era nada trivial en esos días, pero milagrosamente sucedió.

 

Lo que más me impresionó cuando llegamos a Estados Unidos fueron las caras sonrientes en la calle. Completos extraños me sonreían, e incluso me decían hola. Qué país tan extraordinario, pensé.

Pero tuve dificultades para comunicarme con el inglés de Oxford que mi tía me había enseñado en Bucarest. Pronto me di cuenta de que tenía que desaprender, “desmontar” mi inglés y tirar mucha de la gramática que con tanta dificultad había aprendido. Poco después de llegar en el otoño de 1957 fui admitida en el programa de doctorado en el departamento de matemáticas de Yale, y obtuve mi doctorado en 1959. De entre todos los profesores de Yale encontré que los más difíciles de entender eran los americanos nativos, sobre todo cuando usaban argot. No es sorprendente que acabara eligiendo al profesor Kakutani como mi director de tesis: su inglés consistía en expresiones sencillas no coloquiales, y sus matemáticas eran hermosas. Mis compañeros bromeaban luego diciendo que había aprendido a hablar inglés americano con un tonillo japonés.

 

El departamento de matemáticas de Yale en esos días era un club masculino por excelencia. Apenas había mujeres en el programa de doctorado en matemáticas y, por supuesto, ninguna en el profesorado de matemáticas. Yo era penosamente tímida y muy consciente de mi inglés, apenas habría la boca. En clase atendía a lo que el profesor estaba diciendo y apenas tomaba notas. Con frecuencia tomaba prestadas notas de uno o dos de mis compañeros y trabaja mucho en casa. Mis compañeros me toleraban con benevolencia cuando no me trataban con aire protector. Después de dar mi primera charla en clase la actitud empezó a cambiar, y cuando aprobé mi primer examen preliminar me empezaron a tratar con respeto. Después de eso nunca me sentí discriminada en el ambiente universitario por ser una mujer.

 

El profesor Kakutani (ya famoso por sus teoremas de punto fijo) no aguantaba fácilmente a los tontos ni toleraba la indolencia y el descuido. Si un estudiante tenía que hacer una presentación en el seminario de Kakutani y no se lo había preparado adecuadamente pero pretendía salir adelante, él o ella iba a encontrarse con problemas. Kakutani haría preguntas incansablemente y los argumentos del estudiante se vendrían abajo como un castillo de naipes. Esa era una experiencia que inducía humildad y era también muy educativa.

Todo lo que puedo decir es que cuando me tocó el turno en el seminario trabajé endemoniadamente para preparar mi charla.

Por otro lado con los estudiantes que iban en serio Kakutani era extremadamente amable y paciente, generoso con su tiempo y con su aguda perspicacia matemática.

 

Uno de los pasatiempos favoritos de los estudiantes de doctorado de Kakutani (y había bastantes en esa época) era intercambiar historias sobre su director de tesis. Esto por supuesto perpetuaba y fortalecía la extraordinaria y legendaria personalidad de Kakutani. Estaba por ejemplo la historia de la biblioteca de matemáticas. La biblioteca de matemática de Yale había estado en un penoso estado durante mucho tiempo. Era irritante para el matemático activo en Yale el tener que ir a la biblioteca central solo para encontrar que una revista o libro importante no estaba disponible. Eso era de hecho una desgracia para una gran institución como Yale. Kakutani decidió hacer algo al respecto y se hizo cargo de la biblioteca de matemáticas. Hedlund, que era el jefe del departamento en aquel momento, le dio su apoyo total y carta blanca.

El resto fue una cuestión de amor y resistencia. Hubo rumores de que Kakutani incluso gastó dinero de su propio bolsillo. En todo caso la estrategia de Kakutani era simple: insistió en que la biblioteca de matemáticas estuviera situada en el edificio del departamento de matemáticas (el venerable Leet Oliver Memorial), y empezó a pedir un montón de revistas y libros.

Pronto llegaron cartas de los altos administradores para advertir a Kakutani de que había sobrepasado el presupuesto de la biblioteca. Sin embargo si había algo que Kakutani odiaba era responder cartas, así que no era extraño que esas cartas acabaran en la papelera. Finalmente hubo una angustiosa llamada telefónica de la administración:

“¿Profesor Kakutani?”

“Sí”, fue la respuesta. “Profesor Kakutani, ha excedido con creces el presupuesto de este año para la biblioteca, esto no puede continuar.” Según la leyenda, Kakutani al otro lado del hilo telefónico dijo en penoso inglés: “Mí japonés, mí no entender inglés bien” y colgó. Y por supuesto siguió imparable encargando libros. Así es como una biblioteca de primera categoría se construyó en Yale.

 

Mis años de estudiante en Yale fueron un período de entusiasmo y maravilla. Yo trabajé mucho en mi tesis, había estado atascada por un tiempo y recuerdo el momento en la biblioteca cuando abrí el libro de Bieberbach sobre Teoría de Funciones y me encontré con el teorema de Carlson sobre series de potencias, precisamente el teorema que necesitaba para terminar mi tesis. Fue un caso de descubrimiento fortuito, pero la sensación de entusiasmo, de éxtasis, fue inolvidable. En aquel momento entendí que un matemático no es diferente de un buscador de oro: uno tiene que estar preparado para trabajar mucho, sudar y superar largos periodos de frustración a fin de obtener esas pocas pepitas de oro que iluminan toda tu existencia.

 

¿Saben cuál era uno de los más serios obstáculos para una pareja con buenas credenciales en los años 60? Era la regla contra el nepotismo. O, como dicen ahora, el problema de los dos cuerpos.

Para complicar más aún la cosa mi marido, Ionescu Tulcea, y yo habíamos trabajado juntos por varios años y habíamos escrito varios artículos conjuntos.

Yo había pasado de ser su estudiante a convertirme en su colaborador. Por cierto, yo era muy joven cuando me casé por primera vez. Como era de esperar, cuando empecé a publicar lo hice bajo el apellido de mi marido, Ionescu Tulcea, y establecí mi reputación bajo ese nombre. Ni siquiera me planteé la cuestión.

En un golpe de suerte mi marido y yo conseguimos resolver a principios de los 60 un importante problema en teoría de martingalas (sin entrar en detalles técnicos déjenme decirles simplemente que el concepto de martingala en teoría de la probabilidad proporciona un modelo para un juego de azar justo) Doob, matemático eminente, fundador de la moderna teoría de martingalas, era la gran figura en la Universidad de Illinois en Urbana en aquel momento. Debió de gustarle nuestro trabajo, porque en 1964 los dos conseguimos excelentes ofertas (es decir, puestos de profesor numerario) de la Universidad de Illinois en Urbana. Nos dijeron que esta fue la primera vez que la Universidad de Illinois en Urbana había hecho una excepción en su reglamento contra el nepotismo.

 

Si profesionalmente las cosas iban bien, emocionalmente era una historia muy diferente. Debo ahora saltar adelante en mi narración. El año es 1975, el lugar Chicago. Mi primer matrimonio había terminado después de 13 años, en 1969, pero no antes de que nos hubiéramos mudado de la Universidad de Illinois en Urbana a la Universidad Northwestern en el área de Chicago.

 

Yo me había vuelto a casar. Mi segundo marido era un escritor estadounidense, Saul Bellow. Y ahora estaba bajo la presión de mi ex marido sobre el hecho de que siguiera usando el nombre Ionescu Tulcea en mis publicaciones. Los dos estábamos trabajando aún en el mismo departamento. Bajo coacción y en beneficio de la paz decidí cambiar mi nombre. Como un acto de fe en mi nuevo matrimonio me lo cambié por Bellow en vez de recuperar mi nombre de soltera. Fue un error.

 

Yo recomendaría a toda joven mujer con una vocación profesional en matemáticas que mantenga profesionalmente su nombre de soltera.

 

Equilibrar una profesión en matemáticas y el matrimonio con un escritor fue una tarea ardua y exigente. Ciertamente hubo maravillosas recompensas como “descubrir” el lenguaje de Shakespeare y la versión King James de la Biblia, y el encanto de cuento de hadas de la ceremonia del premio Nobel en Estocolmo en 1976. También hubo momentos divertidos. Recuerdo una noche cuando a Bellow y a mí nos invitaron a cenar los profesores becarios de Harvard. Una joven mujer astrónoma preguntó al señor Bellow: “¿Por qué animó a su mujer a abandonar su nombre profesional y a usar el de usted en sus publicaciones?” El señor Bellow quedó un poco desconcertado, pero a él nunca le faltaron las palabras por mucho tiempo, y respondió: “Mi mujer y yo lo discutimos. Puesto que ella trabaja en probabilidad decidimos arrojar una  moneda al aire. Si salía cara ella adoptaría mi nombre, si salía cruz yo adoptaría el suyo.” Por supuesto eso terminó la discusión.

 

Pero en gran medida la vida juntos era una experiencia de alta tensión y un estudio de contrastes. Al final las necesidades de un escritor y las de una matemática eran tan diferentes que el matrimonio se disolvió en 1985, tras 11 años.

 

He ido del este al oeste, del viejo mundo al nuevo, he cruzado el puente entre las humanidades y las ciencias, y he pagado mi factura. Si hubo una constante en mi vida fueron las matemáticas.

Cuando trabajaba con ahínco en un problema matemático me apartaba en reclusión por horas. Mis amigos y mi familia bromeaban diciendo: “Alexandra está en su salón comiendo pan y miel matemáticos” (eso venía de una vieja rima infantil tomada de “Mother Goose”) Cuando salía de mi reclusión matemática con frecuencia bailaba una rutina de taconeo para que la sangre circulara de nuevo y luego iba a mis otras tareas diarias: hacer la compra, preparar comidas, etc.

Yo era uno de los más fieles clientes de la oficina local de correos. No porque me gustara escribir cartas, Dios no lo quiera. Pero cuando tenía que ir a algún lugar por más de tres semanas enviaba por adelantado varios paquetes o cajas de libros y artículos matemáticos. Ellos me proporcionaban una zona de confort matemático que era esencial para mi bienestar.

 

Desde luego fui profesionalmente afortunada. Fui afortunada de encontrarme con un número de matemáticos de primera categoría con los que colaboré, y esta red siguió creciendo (en total tengo más de 15 colaboradores) A través de los años he visto ir la investigación matemática de una actividad solitaria a una actividad mucho más social y global. Esta tendencia se debió en gran medida a la aparición del ordenador (Internet), que hizo la comunicación tan fácil. Cuando varios matemáticos se juntan hoy para trabajar en un problema se lanzan ideas unos a otros, y sus diferentes áreas de especialización funcionan juntas de manera sinergética. El resultado final es muy superior a lo que cada matemático individual habría producido trabajando solo.

 

Di clase en la Universidad Northwestern durante casi tres décadas. La universidad tuvo la generosidad de concederme permisos frecuentes suficientes para pasar tiempo en otras instituciones como la Universidad de Minnesota, el MIT, la Universidad Brandeis, Caltech, UCLA, etc. También he viajado con frecuencia al extranjero, a Francia y España. Fui profesora visitante en Israel y Alemania, pasé tiempo en dos de mis universidades favoritas, concretamente la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad de Gotingadonde se pueden seguir los pasos de genios matemáticos del pasado como Gauss, Riemann, Hilbert y Noether. Disfruté dando clases y trabajando con estudiantes de doctorado: he tenido nueve estudiantes de doctorado, tres de ellos mujeres.

Personalmente mi vida ha sido interesante (no me puedo quejar), a veces demasiado interesante.

 

Pero hasta que me casé con Alberto Calderón en 1989 mi vida había sido más un fractal que una función de clase . La década de los noventa fue una revelación: un buen matrimonio que era compatible con las matemáticas fue realmente posible. Calderón era un príncipe de las matemáticas y un príncipe entre los hombres. Cuando murió hace tres años los matemáticos de Nueva York se referían a él como “el Caballero de la Armadura Brillante”. Calderón y su mentor Antoni Zygmund escribieron muchos artículos juntos, y mantuvieron una duradera y fructífera colaboración. Desarrollaron la School of Hard Analysis en la Universidad de Chicago, simplemente llamada Chicago School of Analysis o Calderón-Zygmund School, que se ha hecho influyente en todo el mundo.

 

Calderón y Zygmund se sentían especialmente orgullosos por haber contribuido al renacimiento de las matemáticas españolas.  Esto se consiguió primero a través del profesor Miguel de Guzmán (quien fue estudiante de doctorado de Calderón) y luego a través de los discípulos sobresalientes de Miguel de Guzmán.

 

Pero debería contarles cómo Alberto y yo nos conocimos y nos hicimos amigos. Él era un profesor en el MIT en 1974. Yo había sido nombrada profesora visitante en el MIT durante el semestre de primavera. Había escasez de oficinas en el MIT. Alberto, como otros profesores famosos, tenía una oficina magnífica y enorme, a la Mussolini. El jefe del departamento de matemáticas le preguntó a Alberto si le importaría compartir su oficina con un visitante. Alberto, siempre un caballero, estuvo de acuerdo.

 

Hablar con Alberto sobre cualquier problema de matemáticas era uno de los grandes gozos de la vida. Él enfocaba cada problema con una mente fresca y abierta, sin seguir el sendero ya trillado. Su ego nunca se interpuso en la investigación matemática; era lo más puro e inspirador de la búsqueda de conocimiento. El año en que nos casamos y poco después los logros matemáticos de Alberto recibieron amplio reconocimiento. Recibió el premio Wolff de Israel, el Premio de Consagración Nacional de Argentina (su país natal) y la Medalla Nacional de la Ciencia en Estados Unidos (el máximo galardón que se puede conceder a un científico en Estados Unidos) Con frecuencia le preguntaba maravillada: “Alberto, ¿cómo puedes ser tan modesto, tan recatado? ¿Cómo es que toda esta aclamación no se te sube a la cabeza?” Él siempre me daba la misma sencilla respuesta: “Sé lo poco que sé.”

 

Alberto y yo trabajamos juntos. Escribimos dos artículos juntos. Me retiré de la enseñanza en la Universidad Northwestern en 1997. Me jubilé anticipadamente porque quería pasar más tiempo con Alberto y en las Matemáticas. Teníamos planes para viajar y proyectos matemáticos en los que trabajar. Pero el destino decidió en contra: inesperadamente Alberto enfermó y murió.

 

Doy por supuesto que todo el mundo en la audiencia es familiar con “La vida es sueño”, que ha visto o leído la obra de teatro. ¿Sí? Acabaré con una historia sobre Calderón el Matemático. Esto nos lo contó otro matemático que estaba entonces en el Instituto Weizmann de Israel: en un estante de su oficina estaba el famoso libro de Zygmund “Series trigonométricas”, y junto a él un volumen titulado “Tres piezas de Calderón”. Un distinguido matemático norteamericano (un fan de Alberto) vino de visita, miró al estante y dijo

incrédulo: “¿También escribe obras de teatro?” Dicen que todos los Calderones del mundo vienen de una única familia en España, de Santillana del Mar. En fin, puedo decirles que a Alberto Calderón no le importó y además le hizo gracia que le confundieran con su ilustre predecesor del siglo XVI, Calderón de la Barca.

 

En cuanto a mí puedo decirles que las matemáticas han sido una fuente de gozo a lo largo de mi vida, de consuelo y solaz en tiempos de crisis, de independencia y fortaleza.

 

Gracias por su atención.